Del compromiso político y los nuevos oráculos
Los que vivimos, con nervio y pasión juvenil, el tránsito a la democracia, vemos con desagrado el travestismo ideológico, cultural e institucional que un día si y otro también salta al primer plano de la información. El radicalismo-tolerante en la defensa de los planteamientos propios, siempre dejó la puerta abierta a la concertación. En aquel camino hubo enormes dosis de ilusión, de voluntarismo, de firme convencimiento de que el trabajo social, político, cultural o artístico era algo importante, que merecía la pena. Hablo de progresistas pero también de conservadores, no hablo de alta política sino de las animaciones de base.
No había tiempo para mucha estrategia, menos aun para prospecciones demoscópicas…que ahora tanto nos ocupan. Se discutía, se acordaba o no, y después se hacía lo que había que hacer y punto. Ahora, en apenas tres décadas, hemos finiquitado aquel espíritu para colocar la preocupación mediática como avanzadilla de la acción político-social, incluso a la cabeza de los países con larga tradición democrática.
No importa lo que se dice, ni lo que se propone; lo importante es el como y el cuando, la forma, la pose, el acompañante y lo que dirán “los medios”. En definitiva lo que interesa es vampirizar la moda y los modos. Lamentablemente tampoco ocupa ni preocupa mucho, la rapidez y el descaro con el que algunos elegidos echan agua al vino, que poco antes han ofrecido solemnemente a los electores.
Desde la más remota antigüedad los gobernantes y los legisladores buscaron el apoyo de los “adivinos” y desde luego de los dioses caseros. Era una condición inexcusable en momentos de trascendencia o conflictividad social. El político como el militar, buscaban presentarse ante el pueblo legitimados por el oráculo o por los propios dioses. Ello confería además, un estatus de embajador privilegiado de designios superiores. En todas las civilizaciones, incluida la cristiana, se usó y abusó de estas falsas legitimaciones.
Hoy se impone otro tipo de esoterismos aun más primitivos. El mando de la televisión, las páginas de los periódicos, la radio, los ordenadores…nos muestran a diario esas nuevas preferencias: Cartas astrales, tarot, pitonisas y pitonisos de toda ralea, magias negras, blancas o coloradas…están desplazando a las religiones, al esfuerzo intelectual y también a la tradición cultural. Pronto veremos a los candidatos, como hiciera Licurgo, Platón, Alejandro, Aníbal, Cesar o el propio Cicerón, buscar los efectos propagandísticos de acudir, con su comitiva electoral, al consultorio de la bruja de moda o el vidente más televisivo. Por el momento parece que nos conformamos con encuestas y sondeos que (con perdón de sociólogos y estadísticos) vienen a usarse con los mismos fines.
Ahora que tanto se habla de recuperar los valores de la transición para afrontar la “memoria histórica”, la organización del Estado, el encaje de las identidades…ahora que opinadores y políticos tratan de introducir dobleces, cinismo e hipocresía en el debate, ahora que estamos a punto de abrir lo que será un tenso debate preelectoral, bueno sería reflexionar sobre aquellos valores que fueron de todos.
El compromiso personal, el diálogo, la tolerancia, la cercanía, la naturalidad en la acción política, la defensa inequívoca y visible del interés colectivo…fueron algunos factores éticos de la Transición. Hoy se nos antojan en clara competencia con otras voluntades partidarias o personales. Desde luego que hoy como entonces, los protagonismos políticos, sindicales o sociales tienen toda la legitimidad. Ocurre que sin valores, el prestigio, la consideración y la legitimidad social se ponen fácilmente en cuestión. Es precisamente de esos síntomas de los que, en mi opinión, se encuentra postrada la actividad política.
Ignacio Morán Rubio es director de Gobierno del Ayuntamiento de Telde.
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