El político idiota
Annus horribilis en nuestras islas, ya estamos a finales de mayo, el día 30 se celebrará el día de Canarias y tristemente hay poco que celebrar, pues tenemos el honor, entre otras cuestiones, de ostentar la mayor tasa de parados de toda España, mientras, la corrupción política, las detenciones de cargos públicos se convierten en asunto cotidiano.
Desgraciadamente, la connivencia entre políticos y empresarios, las comisiones recibidas por determinados favores, las dádivas de empresarios a políticos, el enriquecimiento ilícito y continuado de quienes deberían ser, no sólo la máxima representación ciudadana sino también el ejemplo de honorabilidad se ha convertido en una actividad cada vez más generalizada por esto lares.
El tú me das y yo te doy, el intercambio de apoyos, ha pasado a ser una táctica rentable para aquellos que, sin vergüenza ni escrúpulos, utilizan la cosa pública para enriquecerse.
La falta de ética de algunos políticos es lo que ha llevado a la gente a creer que el político es un tipo listo, un depredador singular, que aprovecha su cargo público para enriquecerse, debilitando de esta manera los fundamentos democráticos y la confianza que todos debemos de tener en las instituciones y en los hombres y mujeres que nos representan.
Sin embargo, no siempre fue así, no siempre es así, ayudaría mirar hacia atrás y reconocer el origen noble de esta palabra en griego. El término “político” designa a aquella persona dedicada a lo público frente al “idiote”, persona dedicada a los asuntos privados, y que más tarde pasaría significar persona sin cultura.
Aunque, actualmente y en muchas ocasiones, ambos términos suelen estar unidos, el política y el idiota, el que trabaja para lo público para obtener intereses privados. Sin embargo, deberíamos discernir la diferencia sustancial que hay o debería existir entre ambos, y comprender que el político idiota, no es un mal menor como algunos ciudadanos pueden llegar a pensar, sino una especie corrosiva que hay que extinguir pues destruye la misma esencia de la democracia y, por lo tanto, la simiente de un futuro saludable.
Por otro lado, esta falta de honradez del político idiota, habla no sólo de su falta de inteligencia, considerándose invulnerable y fuera de la ley, sino también del profundo desprecio que sienten hacia el pueblo que al que representan, a quienes creen sobre todo idiota, o fácil de engañar o de convencer.
Deberíamos ser más cuidadosos en justificar desmanes de los políticos con argumentos tan sibilinos como el que, “como todos son unos ladrones, al menos que roben los de aquí” porque esto no es sino aceptar lo inaceptable, provocar el cáncer del conformismo, de que todo es válido, de que seguiremos votando a un Dimas o a un Soria, porque a pesar del caso eólico o el caso salmón, a pesar de haber estado en la cárcel, por citar sólo unos pocos, es un tío listo y aunque robe algo para la tierra queda.
Hay que renovar el término del político y separarlo del de idiota, en el sentido clásico y moderno de ambos términos, porque, precisamente son estos políticos idiotas los que nos han llevado a una construcción masiva de hoteles para sacar réditos al suelo, saltándose las normas urbanísticas; son estos políticos idiotas los que cultivaron el monocultivo del turismo como industria principal en Canarias cuando observamos que cualquier mínimo acontecimiento, las cenizas de un volcán, el cierre de los aeropuertos, la crisis mundial, nos provoca grandes pérdidas en el sector.
Son estos políticos idiotas los mismos que descatalogan especies protegidas para poder seguir construyendo. Los mismos que, en lugar de trabajar en y para el pueblo, se dedican a reclamar en el parlamento cuestiones tan nimias como el traslado de una momia guanche a Canarias.
Nieves Rodríguez Rivera. Miembro del Consejo Político de Más por Telde....
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